Mariposas en la pista – cuento de Graciela H. López.

Mariposas en la pista 
Tenían un amor oculto y razones muy privadas para mantenerlo así. No se trababa de engañar una esposa, ni a ningún novio o marido. Eran libres pero pensaban que su amor no tenía porqué importarle a nadie. Por lo menos, así pensaban ellos, pero el ímpetu de la relación era tal, que cada vez se les hacía más difícil el disimulo.
Comenzaron haciendo un acuerdo de esos tan comunes en la milonga. Estar en mesas separadas, bailar con todos los demás, y mirarse solo algunas veces en la noche, mirarse apenas para esos tangos esenciales, ineludibles, esos que de solo pensar en bailarlos con otros, les rompía el corazón. Pero lo mejor era esconder lo que sentían.
Total, a la salida podrían encontrarse en cualquier esquina más o menos alejada y abrazarse contentos, como si hubieran burlado a cierta autoridad o salido bien en algún examen. Empezaron así, como tantos, pero al poco tiempo, algo insólito vino a deschavar todo.
Fueron las mariposas.
Por suerte, el modo en que aparecieron en la pista quedó en una gran incógnita y nadie entendió bien cómo fue, pero ellos no pudieron engañarse.
Bailaban temblando un poco, como siempre, estremecidos de giros y abrazo, cuando las maripositas empezaron a salir.
Empezó ella, cuándo no, que abrió un poco la boca para dar ese suspiro. Entonces las mariposas agolpadas en su pecho aprovecharon y salieron en torrente. Él, alarmado, trató de controlar la situación y le dijo bajito:
_ Por favor, no suspires más, mi amor, que todos se van a dar cuenta.
Y en ese mismo momento, las mariposas contenidas a duras penas dentro de él salieron como tumultuosa catarata.
Siguieron bailando muy serios, con la boca pícaramente apretada, mientras, la gente hacía comentarios, dejaba de bailar, trataba de agarrar algunas mariposas, miraba intrigada para todos lados tratando de saber de dónde habían venido volando.
Los amargados que nunca faltan, dijeron que así no se puede bailar, esto no es serio y aprovecharon para criticar la música, el piso, el ambiente. Se fueron a sus mesas, muy enojados, a esperar que pasara la racha.
Algunos enamorados se miraron emocionados y sorprendidos. Los recorrió cierta aprensión pensando si no se les habrían escapado a ellos. Descubrieron recién ahí, que pertenecían a un clan de poseedores de maripositas. Entonces intercambiaron con esos otros miradas chispeantes, cómplices y fraternas entre sí.
Hubo asombros, porque nadie pensaba que ese hombre tan viejo y esa señora casi ridícula estuvieran en el clan, y sin embargo. Y también sorpresas negativas, porque esa pareja que tanto publicitaba su romance, no sabía ni qué eran esos bichitos molestos y aleteantes.
Mientras tanto la gente en general armaba un terrible jolgorio. Las mariposas invadieron todo el recinto, llenas de color y encanto, se metieron en algunos escotes, en varios vasos, en ciertas conversaciones. Pulularon por las bolsitas de zapatos colgadas de las sillas, por las carteras y los sacos. Se diseminaron por la zona de los espejos, de la barra, de los baños. Cruzaban de a montón la pista mientras mucha gente muerta de risa se hablaba por primera vez , después de tantos años de no saludarse.
No faltaron los malignos que intentaban matar a las mariposas, usando todo tipo de recursos, sacudiendo vilmente servilletas por el aire, subidos a las sillas y hasta a las mesas.
Pero las muy pillas huían , levantando el vuelo un poquito para zafar de los golpes. Para colmo parecía que se reproducían y que cada vez había más, tan gráciles y livianas, ocupando todo.
La gente que organizaba el baile iba de aquí para allá tratando de hacer algo, pero era inútil. ¿A quién llamar? ¿A la policía? Ridículo.
¿A la emergencia médica? Insensato. Alguien sugirió los bomberos, pero la idea fue desechada. No se dieron cuenta de que en cierto modo todo era fuego.
Ellos si, ellos sabían y callaban. No podían volver a hablar, pero sonreían con los ojos, llenos de expectativa, sin saber a ciencia cierta qué iba a pasar. Un tipo que hacía años tenía un entripado con otro, le habló bien como por causalidad. Y una mujer fea, que siempre se sentía desdichada, empezó a caminar como si fuera hermosa y todos la miraron admirados. Hubo alguien que tomó una decisión importantísima que venía postergando. A otro se le reveló, de pronto, que la persona que tenía al lado le hacía daño. Esa piba joven, siempre un poco desubicada, zafó como por milagro del tipo que empezaba a darle droga.
El alboroto era enorme, y todo resultaba caótico y enloquecido. Pero al mismo tiempo había un clima de fiesta, de posibilidades infinitas y contagiosas. Algunos pocos se fueron, moviendo la cabeza con fastidio o con tristeza. Pero la mayoría aceptó el tremendo juego que esas desbocadas mariposas proponían. Manuel pensó de pronto en la cuadra de su barrio y se recordó jugando a la bolita, lleno de sol. Julia lo miró justo en el momento del deslumbramiento.
Carlitos pensó en su primera novia y por primera vez dejó de sentirse culpable y a María de pronto, se le fueron todos esos rencores que no la dejaban vivir. Marcos el pelirrojo, en cambio, tuvo un anuncio más bien feo: supo que tenía que tomar otro camino y le dolió. No le gustaban los cambios.
Hubo gente a la que increíblemente no le pasó nada, pero nada de nada. Tal vez estaban muy prevenidos, o habían perdido la emoción. Tal vez no creían ya en la magia.
Pero fueron los menos.
En cierto momento, volvió a sonar la música y la orquesta de Osvaldo Pugliese tocó para todos “La Mariposa”. Era un homenaje del Disc Jockey a las circunstancias extraordinarias de esa noche.
Mientras sonaba el tango, las maripositas empezaron a calmarse, aleteando más suavemente. Fueron intentando tener alojamiento en distintos pechos. Los más receptivos, los más abiertos, las recibieron, aunque con bastante susto. Vaya a saber los cambios que esas hechiceras traerían a sus vidas.
Mientras tanto ellos, que habían salido temblorosos a bailar, supieron que el encubrimiento era ya imposible.
La noche siguiente dieron a conocer su amor a todo el mundo, no fuera cosa de que las maripositas volvieran a hacer de las suyas.
Graciela H. López.

                

                             

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